Comisión Europea - Discurso [Solo es auténtico el discurso pronunciado] Executive Vice-President Ribera opening speech at the Barcelona University Opening Ceremony of the 2026-2027 Academic Year Barcelona, 5 de octubre de 2026 Magnífico rector, claustro, autoridades, miembros de la comunidad académica, personal de la universidad, estudiantes, queridas amigas y amigos, buenas tardes y gracias por invitarme a inaugurar...
Comisión Europea - Discurso [Solo es auténtico el discurso pronunciado] Executive Vice-President Ribera opening speech at the Barcelona University Opening Ceremony of the 2026-2027 Academic Year Barcelona, 5 de octubre de 2026 Magnífico rector, claustro, autoridades, miembros de la comunidad académica, personal de la universidad, estudiantes, queridas amigas y amigos, buenas tardes y gracias por invitarme a inaugurar el curso académico en este maravilloso Paraninfo. Gracias por invitarme en un día particularmente importante y sensible; un día en el que se quiere destacar la tarea que desempeña la universidad, la importancia de seguir cultivando vocaciones, formación e investigación, con la capacidad de analizar la realidad y aportar el granito de arena que toda sociedad necesita para seguir prosperando. Es un honor abrir el curso en esta universidad que lleva generando conocimiento desde 1450, donde en 1872 Felipe Bergés, entonces decano de Derecho, pronunció la primera lección inaugural en este edificio histórico, en este Paraninfo. Hoy continuamos con esta tradición, con la mirada puesta en lo que aportará una nueva generación, porque cada curso académico se suma a la historia de esta universidad. Cada año preguntamos a quienes pasan a formar parte de ella qué pueden aportar, qué podemos aportar y qué dejaremos a quienes vengan detrás. Mientras preparaba mi intervención, leí la lección de la doctoranda en Derecho Yaeza Moreno del año pasado desde este mismo atril. La tituló Querer a la universidad y la cerró con una idea sencilla, exigente y potente: procurar dejar la universidad mejor de como la encontramos. Hoy quisiera extender esa invitación al mundo que hay más allá de estas paredes: ¿cómo puede el conocimiento generado y adquirido aquí ayudarnos a dejar un planeta mejor, en mejores condiciones que las actuales, y con mayores oportunidades para las personas que vengan detrás de nosotros? Una inteligencia artificial que debe contribuir a la mejora de la sociedad debe seguir pensando en la capacidad e inteligencia humanas para el beneficio de todos, y no como un fin en sí misma. Permítanme empezar por algo complejo a lo que también nos hemos referido hace un minuto: el clima, conocerlo, protegerlo, ser capaces de evaluar los impactos del cambio climático e identificar las medidas más eficaces para evitarlo y mitigar sus efectos. Es cierto que, intensificado por El Niño, este verano de calor e incendios es quizás un anticipo del futuro que nos espera. Es la constatación cierta de su amenaza, a pesar del negacionismo militante de quienes prefieren ocultar la realidad y aspiran a hacernos imaginar que nada de esto está ocurriendo. Agosto de 2026 fue el agosto más cálido a escala mundial, el mes más caluroso jamás registrado junto con julio de 2023. Sin embargo, la racionalidad, la evidencia y los datos se presentan con demasiada frecuencia como posiciones ideológicas, mientras quienes defienden la inacción presumen de pragmatismo. Insisten de forma enfática en otras prioridades para justificar la inacción o la posibilidad de esperar a un momento más oportuno que nunca llegará, porque en realidad el momento más oportuno pasó hace tiempo y el siguiente momento más oportuno es ahora. Retrasar la acción significa aceptar mayores riesgos, más costes, más injusticia y más sufrimiento humano. Significa anteponer los intereses a corto plazo de unos pocos al bienestar de la mayoría, tanto si hablamos de las generaciones futuras como de las presentes. Retrasar la acción o diseñarla sin tomar en consideración sus efectos distributivos es ignorar la justicia climática. Durante siglos, esta universidad ha inaugurado cada curso defendiendo el conocimiento frente a la ignorancia y hoy, en el cierre de su 575.º aniversario, querido rector, defender el conocimiento frente a la ignorancia es más necesario que nunca. El reto que tenemos por delante no es solo tecnológico o económico -que lo son- también es político, social, de convivencia, de paz y de justicia. Exige conocimiento, valores, pasión y justicia correctamente combinados, eficacia en los resultados, respaldo por parte de la mayoría de la ciudadanía y oportunidades para todos. Las universidades tienen que defender la evidencia, los datos y el conocimiento. Las instituciones públicas deben situarlos en el centro de la toma de decisiones para que estas sean robustas y eficaces. Debemos ser aliados naturales: conocimiento y acción para la mejora de la sociedad. Permítanme que en este contexto recupere otra idea querida en esta casa: la transición energética. Una transformación de nuestro modelo energético que se convierte en seguridad climática, pero también en seguridad económica, en seguridad a secas, en oportunidad industrial y en un sólido escudo social. La realidad nos apremia una vez más: los combustibles fósiles que no producimos ni gestionamos, que enriquecen a unos pocos pero empobrecen a muchos, están en el punto de mira. Europa ha pagado 100.000 millones de euros extra por la misma cantidad importada en los meses transcurridos desde el cierre del estrecho de Ormuz: ni una molécula más, pero una factura de 100.000 millones de euros más elevada. Esto se traduce en el día a día; se traduce en el coste de la movilidad, de la calefacción, de la refrigeración, de los fertilizantes y de la producción industrial. Se traduce en inflación, en el coste de cocer una barra de pan en el horno del panadero o en el margen fiscal de nuestros presupuestos públicos para apoyar políticas fundamentales para nuestra sociedad, ya sea la docencia, la investigación, los doctorandos o las infraestructuras. Es dinero que podría invertirse en innovación, en empleo, o en alcanzar un modelo más eficiente y seguro en la energía y en nuestras ciudades. Pero también se traduce en escenarios climáticos peligrosos, en veranos tórridos y de fuego, en muertes prematuras (al menos 37.000 muertes relacionadas con el calor este verano de 2026 en Europa), y en disfunciones de nuestros sistemas eléctricos, de transporte, sanitarios o educativos. Tenemos que prepararnos para un clima más cálido y extremo, e integrar ese escenario en nuestras decisiones. Europa se calienta al doble del ritmo mundial. Es un continente rico pero no suficientemente preparado, que sin embargo cuenta con la capacidad para estarlo en mucha mayor medida y alcanzar un modelo económico neutro en emisiones. Europa puede y debe liderar este esfuerzo con el mejor conocimiento, con decisiones políticas ambiciosas, con convicción social y con explicaciones claras. Europa, que presume de trabajar por un mundo mejor basado en el respeto a las reglas, los derechos humanos, la solidaridad y la paz, tiene incentivos y fortalezas suficientes para redoblar su esfuerzo. Tiene el deber de hacerlo. Si no es aquí, ¿dónde? Si no lo conseguimos nosotros, ¿quiénes? Es una batalla dura la que se está librando en este momento y, con independencia de las dificultades técnicas o de las preguntas que nos podamos hacer, es obvio que a algunos les interesa que la acción se retrase. Hoy más que nunca necesitamos que la voz de Europa se oiga alta y clara, sin dobles o triples estándares en la defensa de los derechos, la dignidad humana, la cooperación y las decisiones basadas en el conocimiento. Es un modelo político construido sobre las cenizas, el polvo y el dolor de la Segunda Guerra Mundial; un modelo construido como antídoto frente al fascismo y la intolerancia. Frente a ellos: democracia, respeto, razón y solidaridad. La proyección de un modelo atractivo requiere alianzas con esas potencias de las que hablaba Mark Carney hace apenas unas semanas, dispuestas a defender el orden liberal basado en reglas, el respeto a los derechos humanos y la voz de quienes no pueden alzarla. Actuar frente al cambio climático es también actuar frente a la injusticia, a favor de la inclusión y de la prosperidad. Por eso la política climática no trata solo de un futuro habitable; tiene también que conectar nuestra responsabilidad para con el mañana con la respuesta a los problemas que vive la gente hoy: una vivienda que nos podamos permitir, una factura energética pagable y un futuro que nos permita planificar y disfrutar. Europa es el mejor lugar del mundo para vivir, sobre todo para las mujeres: igualdad, derechos civiles y oportunidades que construimos cada día y que dependen de la fuerza de nuestras convicciones y compromisos. No podemos dar estos logros por sentados, sino defenderlos, explicarlos y ser conscientes de que valen la pena: acceso a la educación y a la sanidad; bajas laborales retribuidas por maternidad, paternidad o enfermedad; pensiones para nuestros mayores. Sostener este modelo exige seguir generando riqueza y mantener nuestros estándares ambientales y sociales, porque de lo contrario tendrían un recorrido muy corto y dejarían de generar riqueza. Exige innovación y eficiencia, y exige profundizar en un mercado interior que todavía, a pesar de las décadas transcurridas, sigue fragmentado en 27 mercados nacionales. Esto limita nuestra capacidad de reducir costes y de usar mejor nuestros recursos y complementariedades, ya sea en el ámbito de las telecomunicaciones, de la energía, de la banca o de los capitales. Nuestra competitividad económica está en mucha mayor medida lastrada por la fragmentación que por la regulación, porque simplificar nuestro modelo regulatorio no puede equivaler a traicionar nuestra esencia: la Europa de la alta calidad de vida basada en el conocimiento y en el estímulo constante que garantiza altos estándares sociales y ambientales. Ese es nuestro secreto y la esencia de nuestro proyecto. Por eso Europa no puede permanecer ajena a la devastadora crisis de la vivienda que asola nuestro territorio. En Barcelona la conocéis bien, pero no estáis solos. En Zagreb se estima que entre 54.000 y 85.000 viviendas permanecen vacías. La vivienda es el problema fundamental para el 51% de los europeos. Más del 60% de la población en las grandes capitales no podría permitirse adquirir una vivienda de más de 75 metros cuadrados, incluso si estuviera dispuesta a firmar una hipoteca a 30 años. En el centro de Madrid, por cada 100 pisos disponibles en alquiler de larga duración, hay alrededor de 40 alojamientos turísticos de corta duración. El precio de la vivienda en la Unión Europea ha crecido más de un 60% en promedio desde el año 2013. Es obvio que no hay una única medida que pueda resolver esto; requiere respuestas ambiciosas y transversales, tiempo y constancia, pero también priorizar el derecho a una vivienda digna sobre otros usos que, aunque sean legítimos, son secundarios. En el tratado fundacional de la Unión Europea no hay una sola mención a la vivienda, pero sí un compromiso con la mejora de la calidad de vida de los europeos, la libertad de movimiento de los trabajadores y la construcción del mercado interior. A ello se suma un sentimiento que emerge con fuerza, al que Enrico Letta calificó como el derecho a quedarse, a permanecer y a vivir en el lugar de elección sin sentirse expulsado por las dificultades del coste de la vida o la falta de servicios. En esto también Europa debe estar presente y ayudar. En diciembre del pasado año adoptamos el primer plan europeo de vivienda asequible para aumentar la oferta, movilizar inversión y apoyar a los más afectados, más allá de la vivienda social, hacia la vivienda asequible. También revisamos las normas sobre ayudas de Estado para facilitar el apoyo a los más vulnerables y a la clase media. Hace apenas unas semanas, la Comisión adoptó la Ley de Vivienda Asequible para dar a las autoridades locales una cobertura jurídica clara con la que promover el uso residencial, incluyendo el apoyo a los municipios cuando necesiten adoptar restricciones proporcionadas a los alquileres de corta duración allí donde la vivienda está bajo una presión extrema. Esto demuestra lo que la cooperación puede lograr y pone de manifiesto que necesitamos sumar esfuerzos en los distintos niveles de la administración, contando con datos, información contrastada, el mejor conocimiento y una visión integral. Muestra también el papel de la red de "Alcaldes por la vivienda", que, reuniendo a varias de las capitales europeas más importantes, incluyendo el Ayuntamiento de Barcelona, llevaron la experiencia local y propuestas concretas a la elaboración de las políticas europeas, coincidiendo en las dificultades para activar una mayor oferta en el parque residencial existente. Pero la asequibilidad va más allá del alquiler: un mejor aislamiento, el autoconsumo, las comunidades energéticas locales y los sistemas eléctricos eficientes forman parte de la factura diaria que enfrentan los ciudadanos. La transición hacia una economía neutra en emisiones vertebra nuestra política de competitividad. La energía está en el centro de las decisiones, pero no es la única variable; también lo están los procesos industriales. No siempre es sencillo, y estos años han demostrado que es particularmente difícil: un vecino agresor, un socio tradicional y poderoso que nos abandona, un gigante dormido que ha despertado e inunda nuestros mercados con enormes excedentes, dificultando un proceso de cambio industrial en Europa que ya en sí mismo es complejo. Y sin embargo, somos capaces de hacer más y mejor. Permítanme referirme al sistema eléctrico: un sistema eficiente basado en energías limpias es garantía para la sociedad y la economía en un mundo cambiante donde los conflictos y la instrumentalización de las dependencias han resurgido con fuerza. Vivimos en un mundo intrínsecamente interdependiente; nadie debe pensar que es posible vivir en una burbuja. Pero hay quien utiliza el comercio y el control de materias primas críticas como herramientas de presión, desafiando abiertamente el modelo de cooperación multilateral que, con todos sus defectos, ha impulsado durante décadas algunas de las mejores soluciones, construyendo el capítulo más positivo de la historia reciente de la humanidad. Hoy contamos con datos esperanzadores: en 2025, la eólica y la solar generaron por primera vez más electricidad en la Unión Europea que los combustibles fósiles. Asimismo, el Joint Research Centre identificó cuatro soluciones técnicas que aportan energía limpia, estable y a costes más competitivos que la generación tradicional. Nuestra tarea es convertir estos avances parciales en prosperidad duradera, lo que significa invertir en redes, almacenamiento, electrificación e inteligencia, desarrollando en Europa las competencias e industrias necesarias para producir y consumir de forma más limpia, eficiente y respetuosa. Significa también que las personas puedan ver en estos cambios una oportunidad para mejorar sus vidas. A cuatro años de 2030, la promesa de los Objetivos de Desarrollo Sostenible ha logrado avances, pero continúa incompleta a escala global y es objeto de ataques irracionales pero constantes. ¿Quién puede oponerse a erradicar la pobreza, a garantizar la educación, el acceso al agua potable o la protección de los océanos? A pocos metros de aquí, en el Carrer dels Tallers, se estableció en 1832 el Vapor Bonaplata, la primera fábrica de España en utilizar la fuerza del vapor. Tres años después fue incendiada por quienes entendían que los telares mecánicos reducían las oportunidades del trabajo manual. La relación entre innovación y sociedad nunca ha sido sencilla. Las mejoras derivadas de la innovación tecnológica solo son aceptadas cuando el acceso a sus beneficios se generaliza, cuando se atiende a los más vulnerables en momentos de cambio y cuando se acompaña con equidad la transición justa en el empleo. Los ludistas no estaban en contra del progreso en sí, sino de que su avance se hiciera a costa de sus empleos, salarios y condiciones de vida. Hoy, la inteligencia artificial vuelve a plantear debates complejos que nos recuerdan aquellos episodios. Los saltos tecnológicos no surgen en el vacío; están vinculados al esfuerzo colectivo de toda la comunidad. La innovación raramente es fruto de genios aislados, sino de un trabajo compartido en el que la universidad desempeña un papel clave. Por ello, ante cada transformación tecnológica surgen preguntas esenciales: ¿quién define las reglas?, ¿quién se beneficia?, ¿quién asume los costes energéticos e hídricos?, ¿quién retiene los beneficios? Son cuestiones que nos interpelan a todos. La educación pública, las universidades y la investigación financiada con fondos públicos se cuentan entre nuestras inversiones colectivas más valiosas. Sus resultados impactan directamente en la sociedad, como lo hace la inteligencia artificial: una materia no solo científica, sino política, económica y social, capaz de condicionar el poder, la gobernanza, la interpretación de la realidad y la propia democracia. La inteligencia artificial ofrece extraordinarias oportunidades para mejorar vidas y ampliar las capacidades humanas si se utiliza adecuadamente. No debe sustituir a la inteligencia humana, al pensamiento crítico ni a la capacidad de progresar. Debemos orientar cualquier solución técnica hacia el bienestar general, construyendo un futuro digital centrado en las personas que refuerce la prosperidad, la equidad y la resiliencia democrática. Necesitamos una inteligencia artificial fruto de la cooperación internacional, con una gobernanza que garantice el beneficio social y un mercado donde las herramientas de competencia eviten concentraciones de poder que pongan en riesgo nuestras instituciones democráticas o el acceso justo a los bienes. Europa puede desarrollar sus capacidades en este ámbito, pero requiere inversión en investigación, computación, infraestructuras digitales y talento. Debemos respaldar a los centros de investigación y retener el talento que forman. Cuando la concentración económica en los mercados digitales se vuelve excesiva, la concentración de poder se convierte en un riesgo real. Necesitamos gobernar y aplicar de forma responsable esta disrupción tecnológica. Hoy quiero dedicar un mensaje especial a las mujeres jóvenes que inician sus estudios, a las investigadoras en los laboratorios y a quienes forman o formarán parte de expediciones científicas; a las mujeres que se sientan o se sentarán en las mesas donde se toman las decisiones. Recordad que ser la primera o la única mujer en una sala no nos hace menos capacitadas para estar allí. Defended con orgullo vuestra presencia y aportación, como hizo Josefina Castellví, pionera de esta casa en la investigación antártica. Las instituciones tienen la responsabilidad de eliminar barreras para que cada generación no tenga que librar las mismas batallas. No nos valen argumentos retrógrados como los que empezamos a escuchar de "una familia, un voto" en países socios y amigos. Cuando os llegue el turno de liderar, recordad el ejemplo de Josefina y abrid camino a las demás. Esa responsabilidad trasciende las carreras individuales y nos exige construir instituciones que hagan posible el progreso colectivo. En los albores de esta nueva era, Europa tiene el deber de defender no solo el clima, sino también los principios que han sostenido la paz, la democracia, el Estado de derecho y el respeto a la dignidad humana. Como señalaba Mario Draghi este año en Aquisgrán, los europeos afrontamos una etapa en la que debemos valernos por nosotros mismos, defendiendo con orgullo un modelo que sigue siendo referente y aspiración para una inmensa mayoría de la humanidad. Asumir responsabilidades exige también saber decir "no" cuando corresponde, trabajar con otros sin dobles raseros y recordar que el progreso no es irreversible. Exige perseverancia y orgullo por lo construido. Aquí en la universidad, la inteligencia humana, el pensamiento crítico y la capacidad de mirar más allá de lo urgente encuentran un espacio excepcional para florecer junto con el conocimiento y el juicio ético que exige la responsabilidad pública. A los jóvenes les pido: sed curiosos más allá de vuestra disciplina, escuchad a quienes piensen distinto y utilizad las nuevas herramientas sin renunciar jamás a vuestro propio juicio crítico. Buscad soluciones a los problemas y, cuando os llegue el turno, liderad, abrid puertas a los demás y contribuid a dejar esta universidad mejor de como la encontrasteis. Llevad después esa ambición más allá de estos muros: al ámbito local, nacional y global. Muchas gracias. Os deseo a todas y a todos un excelente curso académico y a seguir mejorando juntos. SPEECH/26/2074 <@rel_link@>